Pensé que iba a tener mucho que decir cuando cumplieras un año de vida en la tierra, cuando yo cumpliera un año como mamá. Es que las emociones son tantas que me quedo sin palabras... sólo un gran torbellino de ideas, imágenes, recuerdos nítidos y otros borrosos, sensaciones que anidaron en el cuerpo pero que no sé muy bien cómo llamarlas, pensamientos inconexos donde pasado, presente y futuro se unen en una maraña extraña, en la que pienso lo que pasó y lo que podría pasar, y mi cabeza queda hecha un lío bárbaro.
¡Es la maternidad! El lío bárbaro es esto, la vida de madre. Una locura que de a poco invade la mente y el cuerpo, y de pronto, sin saber cómo, se transforma en el motor que me impulsa en el día a día. Porque una madre muy sabia me dijo una vez que sin locura no hay maternidad que aguante.
La cuestión es que cumplís un año. La primera revolución al Sol. Y pasé todo el día recordando cómo fue esa llegada, un año atrás. Tan esperada. Tan larga. El miedo, la compañía, el respeto. La ansiedad, la angustia, el aguante. Las ganas de huir, la necesidad de quedarme, el deseo de que termine. La locura, el dolor, los pequeños descansos tan necesarios. Las interrupciones, las impaciencias, la bronca. Los gritos, el sostén de los cuerpos, el apoyo de las palabras.
Y finalmente, el parto. Tu cabeza coronando. El éxtasis, el dolor, el miedo. El aro de fuego, partirse en dos, morir. No puedo más, no puedo más. Sí, podés, podés, ¡puedo! Y asomaste la cabeza, y te vi. ¡La veo, estás ahí, te veo! Increíble, me reí, solté.
El ruido y el roce de tu cuerpo saliendo de mí, los recuerdo perfectamente. Pero no desde mi cuerpo sino desde afuera. Como si en esos últimos pujos mi conciencia hubiera abandonado el cuerpo para ver todo desde afuera. Y no dejé de pensar. Como me dijo otra madre sabia, una pare como es, y yo soy esto que soy, que a un año de tu nacimiento sigue pensando, rememorando imágenes, recordando sensaciones, imaginando qué hubiera pasado si...
Sigo aprendiendo cada día, me falta mucho todavía para llegar a ser esa mamá que quiero ser. Me falta confiar más y estudiar menos. Despertar el recuerdo celular de miles de años de mujeres que me precedieron. Escuchar mi cuerpo, interpretar los vacíos del estómago, los nudos en la garganta. Conectarme con la bebé-nena que sos, lo que necesitás y lo que me pedís. Reconciliarme con el pasado (el consciente y el que está ahí latente). Llenarme de mucha, mucha, mucha más paciencia para acompañarte en tu crecimiento con todo el amor y el respeto que te merecés como ser humano. Y aprender a disfrutarte a cada rato, siempre, tus sonrisas, tus quejas, los dientes que salen, tus aprendizajes, tus primeras palabras, tus manos acariciándome la cara mientras tomás teta, tus piecitos prénsiles de monita, tu cuerpo dormido cerquita nuestro, el olor de tu pelo. Disfrutarte ahora, no en mi recuerdo, en mis imágenes, sino ahora, en nuestro presente, con los sentidos, llenarme de vos la vista, el tacto, el olfato.
A mí, tu mamá, a papá, y a vos, Catalina Sol, ¡feliz primer año!