Mientras la sangre fluye espesa desde su cuello, la niebla cubre lentamente sus ojos. Las imágenes se hacen cada vez más borrosas porque las lágrimas las empañan.
La luna había querido advertirle, brillante como estaba en lo alto del cielo estrellado, pero la moira tenía otros planes.
Su pelo se rendía ante el viento que anunciaba la incipiente tormenta, al tiempo que ella cruzaba la verja del jardín delantero. Al principio pensó que la casa estaba vacía: las ventanas habían sido tapiadas y ninguna luz asomaba por entre las maderas.
Sin embargo, en el pueblo se estaba corriendo el rumor. Él había regresado después de tanto tiempo.
¿Por qué el silencio entonces? ¿Cuál era la razón para no buscarla a ella que tanto lo había esperado? ¿Dónde estaba el misterio?
La puerta principal estaba abierta. La cerró al entrar; y allí, las cortinas rasgadas y los sillones destruidos le gritaron la segunda advertencia. Que por supuesto su mente no quiso escuchar.
El silencio era desgarrador, desolador, desesperante, y fue entonces que reparó en aquel montón de harapos al que un tenue rayo de luz de luna iluminaba, filtrándose entre las maderas que tapiaban el ventanal. En ese momento el tiempo se detuvo. Porque desde aquellos harapos dos ojos la miraban, inyectados en sangre.
Esos mismos ojos que tantas veces habían brillado con pasión, que habían llorado la tarde del adiós, con los que había soñado incesantemente noche tras noche. Ahora parecían consumidos por la furia y la tortura. Eran los ojos de un predador en agonía.
Y aun mientras lo veía acercarse voraz, la angustia de morir no era más fuerte que el deseo del último abrazo. Las garras clavándose en sus brazos, los dientes hundiéndose en su cuello, no llegaban a doler tanto como las lágrimas desesperadas, tortuosas, que veía caer de sus ojos feroces.
Desplomada en el suelo, mientras la sangre la abandona junto con la vida, los aullidos desgarradores de aquel que no pudo ganarle a la leyenda siguen siendo la más dolorosa de las heridas.
La belleza del metal sinfónico finlandés.
Me eriza la piel.
Me eriza la piel.
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