Siempre hay una primera vez para todo, y esta vez tocó una
no tan linda: Cata se cayó de la cama. Un segundo que giré para agarrar una
galletita de la mesa de luz, y cuando volví a girar llegué a ver la colita de
Cata que desparecía en el vacío. Un instante más tarde, el llanto. ¡Chiquita!
Corrí a alzarla, le hice mimos, le expliqué que se había caído y se había
golpeado. Cuando se calmó un poco, también le di teta hasta que se quedó
dormida.
Y ahí me vino el conocimiento-chatarra que alguna vez leí o
escuché: “¡si se golpeó la cabeza no tengo que dejarla dormir!” No sé si será
verdad o no, pero yo la desperté igual. Lo cual fue peor, porque empezó a
llorar otra vez. Mientras la calmaba, aproveché para sacarle la ropa y mirar si
se había golpeado, porque en la cabeza no tenía nada; y le encontré un moretón
en la rodilla, con lo cual me alivié un poco porque al menos ahora sabía con
qué había aterrizado.
El golpe, el susto, el dolor, el llanto, todo eso junto al
parecer la había agotado, porque una vez que la vestí se durmió enseguida.
Y en cuanto se durmió, apareció mi vieja amiga: ¡la culpa!
Que por qué dejé de mirarla, que cómo me voy a dar vuelta por una galletita,
que cómo pude dejar que se me cayera!
El papá de Cata, con su habitual tranquilidad, me sacó de
tanto dramatismo: “¡estas cosas pasan, no es tu culpa!” (Qué cosa la culpa,
¿no?)
Me tranquilizó darme cuenta de que tuve la calma suficiente
para atravesar la situación y poder consolar a mi bebé. Por suerte, no fue un
golpe grave, y estoy segura de que las dos aprendimos de la experiencia.
(Nota para la próxima: ¡a jugar lejos de los bordes!)