lunes, 26 de octubre de 2015

Desempolvando palabras III: Desgarrados, de 2009

Mientras la sangre fluye espesa desde su cuello, la niebla cubre lentamente sus ojos. Las imágenes se hacen cada vez más borrosas porque las lágrimas las empañan.
La luna había querido advertirle, brillante como estaba en lo alto del cielo estrellado, pero la moira tenía otros planes.
Su pelo se rendía ante el viento que anunciaba la incipiente tormenta, al tiempo que ella cruzaba la verja del jardín delantero. Al principio pensó que la casa estaba vacía: las ventanas habían sido tapiadas y ninguna luz asomaba por entre las maderas.
Sin embargo, en el pueblo se estaba corriendo el rumor. Él había regresado después de tanto tiempo.
¿Por qué el silencio entonces? ¿Cuál era la razón para no buscarla a ella que tanto lo había esperado? ¿Dónde estaba el misterio?
La puerta principal estaba abierta. La cerró al entrar; y allí, las cortinas rasgadas y los sillones destruidos le gritaron la segunda advertencia. Que por supuesto su mente no quiso escuchar.
El silencio era desgarrador, desolador, desesperante, y fue entonces que reparó en aquel montón de harapos al que un tenue rayo de luz de luna iluminaba, filtrándose entre las maderas que tapiaban el ventanal. En ese momento el tiempo se detuvo. Porque desde aquellos harapos dos ojos la miraban, inyectados en sangre.
Esos mismos ojos que tantas veces habían brillado con pasión, que habían llorado la tarde del adiós, con los que había soñado incesantemente noche tras noche. Ahora parecían consumidos por la furia y la tortura. Eran los ojos de un predador en agonía.
Y aun mientras lo veía acercarse voraz, la angustia de morir no era más fuerte que el deseo del último abrazo. Las garras clavándose en sus brazos, los dientes hundiéndose en su cuello, no llegaban a doler tanto como las lágrimas desesperadas, tortuosas, que veía caer de sus ojos feroces.
Desplomada en el suelo, mientras la sangre la abandona junto con la vida, los aullidos desgarradores de aquel que no pudo ganarle a la leyenda siguen siendo la más dolorosa de las heridas.


     La belleza del metal sinfónico finlandés.

     Me eriza la piel.

     Imperdible: Full Moon, de Sonata Arctica


domingo, 25 de octubre de 2015

Desempolvando palabras II: Conjuración, de 2009

Enamorarse de prohibidos es tan fácil, tan predecible. Muy novelesco. El Renacimiento estaría orgulloso de mí. El mundo gótico se reescribiría bajo mis pies. Cada paso en falso es esperable, esperado. Imposible, atrapante. Reiterativo. No hay nada nuevo para contar, porque hasta lo inexistente se ha narrado incontablemente. Oxímoron: se ha narrado lo inenarrable. Nos hemos enamorado de la imposibilidad del amor.
La mirada secreta sorprende a mi desprevenida Julieta que ya encontró a su Romeo. Extraño lo que tengo prohibido extrañar, porque nunca lo tuve, porque tengo prohibido tenerlo.
Prohibido. Todo es nuevo, de un modo tan patéticamente predecible.
Tus ojos rojos encendieron la conexión. Punto de no retorno. Hay veneno en tu boca, que no dudaría en morder y matarme y morir y morderme.
Vos sin culpa, yo condenada. Predecible y patético.
Congelarme como el mármol. O deshacerme en palabras, que ya fueron escritas, que ya nadie va a leer.
Esa es mi forma de conjurar tu hechizo.

sábado, 24 de octubre de 2015

Desempolvando palabras I: Pluma ardiente, de 2006

Llueve fuego desde lo alto. Las fauces se abren en un grito encendido. El bosque humea como en un espejismo. Desesperan los pájaros en el cielo rojo. Batir de alas, plumas que chocan.
El dragón ataca, dispara aguerrido su volcán de lava destructora. Gemidos lúgubres congelan el aire mientras el fuego lame arbustos y robles.
De lo alto de la torre se libera una bandada de flechas que vuela buscando el frío escudo de escamas. Todo es en vano: parecen de cristal al quebrarse en mil pedazos.
Nada lo detiene. Su furia se dispara en llamas incandescentes que arrasan con todo a su paso.
La muerte acecha. Los árboles gritan, gimen de dolor. El cielo resplandece.
El escritor ha vuelto a tomar la pluma.

viernes, 23 de octubre de 2015

Hacia el horizonte

Caballos salvajes atraviesan el desierto. Nubes de polvo se levantan a su paso. El suelo tiembla, y la tierra choca contra el río que estalla bajo el galope desbocado. Aire, agua y barro; piedras revueltas; libertad.
En medio de la noche, el esclavo se oculta al costado del muro. Sabe que su oportunidad es esta y no volverá a darse. Una nube tapa la luz de la luna; la oscuridad lo envuelve todo. Con el frío del desierto en sus plantas, el momento es ahora. Corre. Corre. No se detiene. Allá van los caballos, están ahí, ya llega. Resbala, cae, se levanta y corre más que antes, no se detiene siquiera a limpiar las gotas de sangre que resbalan por su mejilla. Extiende sus dedos y ya puede tocar las crines. Se aferra a ellas, trepa como puede, se abraza, se pega a ese cuerpo robusto que cabalga para internarse en el horizonte. Lejos quedó la ciudad, lejos la esclavitud. El hombre vuelve a ser un hombre.
Con lágrimas en los ojos, mira por última vez los muros silenciosos, y se inclina sobre el lomo. El caballo sigue en su carrera desbocada, sin saber que cruza el desierto llevando un cuerpo inerte que yace con la última sonrisa en los labios, camino a una libertad que no podrá disfrutar.

Otros fragmentos que me rondaron