Estamos recorriendo la Semana Mundial del Parto Respetado,
este año con el Lema del título, que hace foco en la importancia del Silencio
en el momento del parto. Pienso en las escenas comunes a las que nos tiene
acostumbradas la tele y el cine, con mujeres pariendo semisentadas en camillas,
en una habitación totalmente iluminada, rodeadas de médicos y/o parteras con su
"pujá, pujá" (y no me meto en la violencia obstétrica, eso será para
otro día).
Pienso en estas escenas, y pienso en mi parto, el
nacimiento de Catalina. ¡Qué distintos! Estábamos en casa, casi a oscuras, en
silencio (la música había terminado y en medio de las últimas contracciones ni
se nos ocurrió poner algún otro cd). Y cortando ese silencio, mis gritos
desgarradores. Porque nadie me obligó a que me callara; y sí, grité como nunca
había gritado en mi vida. Mientras Cata se abría paso al mundo, grité con una
fuerza que no sabía que tenía, con la vibración desde el centro del pecho
mientras el cuerpo se partía en dos. Y entre cada grito, mi respiración
agitada, los susurros de Adri y de mis parteros, pero más que nada el silencio,
la espera.
No se me ocurre una mejor manera para recibir a un bebé que
acaba de pasar por la experiencia más estremecedora, aterradora y agotadora de
su corta vida: el esfuerzo de nacer. Por ese bebé hay que cuidar el entorno,
para darle el mejor recibimiento; pero también por la madre, para dejar que la
hembra mamífera que tiene dentro salga a la superficie y se adueñe de ese
momento. Somos mujeres, sabemos parir, sólo tienen que hacer silencio y
dejarnos hacer.
