Los pensamientos circulares y la angustia que me sobrevolaban la cabeza antes y durante buena parte de mi segundo embarazo siguen ahí. Ensombrecen la felicidad de ser madre por segunda vez, algo que estaba queriendo desde hace un par de años. Darle a mi hija una hermana o hermano y la posibilidad de construir con ella o él un vínculo de amor y complicidad tan copado como el que tengo yo con las mías.
Pero el ying y el yang conviven en cada situación de la vida. Y ahí está la sombra que opaca esta alegría.
Días como hoy hubo muchos antes de que el nuevo integrante llegara a la familia, y los seguirá habiendo, eso ya lo sé. A veces salgo mejor parada de las peleas. Otras, como hoy, me desbordo y digo cosas feas... Suerte que pido perdón rápido.
Pero este temita me está ganando un fastidio. Y lo peor fue haber descubierto hoy que tal vez mi deseo de tener una tercera hija o hijo venga solo de la necesidad de darle sí o sí una ahijada a mi hermana menor. Y en días como hoy, de desborde, de llanto, me pregunto: ¿para esto quiero traer otra hija al mundo? ¿Para que sean tres, y no dos, las hijas que no supe acompañar en las etapas difíciles de su crecimiento? ¿Es mío el deseo, o de la culpa? ¿O del deber ser? ¿O estoy repitiendo historias familiares? (Ya te leeré, Violeta, tengo esa cuenta pendiente todavía).
No puedo disfrutar a pleno de Milo Karim (bienvenido, Milo... ni un posteo te dediqué todavía...) con este temita inconcluso que presiento que se resolverá en mi contra.
A menos que recurramos a la sabiduría musical y lo echemos a suertes...