Primero,
un poco de teoría:
La
afirmación de que el puerperio comprende los primeros 40 días posteriores al
parto (la famosa “cuarentena”) está por lo menos puesta en duda (cuando no
descartada por completo) desde hace algunos años. Para Laura Gutman, el
puerperio se extiende desde el parto hasta los dos años, cuando el niño
comienza a comprender que es un “yo” separado de “mamá”, al tiempo que la madre
también empieza a reencontrar su “yo”, separado de su ser madre. Algunas
puericultoras y doblas (al menos las que yo conozco) sostienen que el puerperio
finaliza cuando la madre puede pensarse independientemente de su bebé, y este
momento es personal de cada díada.
Hechas las
aclaraciones del caso (esta costumbre de “justificar teóricamente” que me metió
la facultad…), hoy quiero decir que estoy transitando mi puerperio con tanta
pasión que odio cuando alguien quiere arrebatármelo. Me pasó que me dijeron
(palabras más, palabras menos): “bueno, cortala con la excusa del puerperio
porque se terminó a los 40 días”. Me dejaron pensando…
Y llegué a
la conclusión de que afirmar eso es obligar a la madre a desarmar la díada mamá-bebé
y a volver a ser una mujer independiente, trabajadora (o estudiante, o ambas),
productiva. ¿Qué pasa, entonces, con las madres que no queremos “volver”, que
preferimos seguir inmersas en este vínculo de cuerpos y amor y upa y teta y
leche que es el maternaje? Yo no me “excuso” en el puerperio, lo transito
orgullosa y feliz, con todo el revuelo hormonal y las inseguridades, haciendo
lo que puedo, puteando y disfrutando, llorando y riendo (a veces las dos cosas
juntas).