sábado, 29 de marzo de 2014

Inspiración

Hacía mucho que no me pasaba: tengo la necesidad de escribir.
Son las tres menos cuarto de la mañana, mi hija duerme en nuestra cama y nosotros estamos a punto de acostarnos después de una peli. Estoy entrando a la habitación y ya la escucho despertarse: se despereza, gira, lloriquea, se sienta, desorientada. Me acerco a ella y la abrazo, la recuesto, y cuando estoy preparándome para darle teta y dormirla otra vez, me sorprende: me abraza el cuello con su bracito. No le hizo falta la teta; el abrazo y unas palmaditas en la cola bastan, y su respiración es señal de que se durmió otra vez. Cuando cae el brazo y puedo despegarme un poco, la miro: la cara relajada, los labios entreabiertos; le beso los cachetes, le acomodo el pelo. Estoy enamorada de mi chiquita.
Mientras todavía tenía su brazo sobre mi cuello, se me llenaba la garganta de una risa muda, hubiera querido reirme de alegría. Ahora que la miro, me doy cuenta de cuánto la amo, y las palabras me llenan la cabeza.
Me llegó la inspiración. Y se llama Catalina.
Sí, puede ser que sea muy cursi todo lo que escribo, pero está saliendo así, sin procesar.
Y necesito escribirlo. Para recordarlo mañana, y pasado mañana, y los días que vengan después... Cuando me gane el cansancio, el malhumor, el fastidio, la falta de paciencia. Cuando la bruja gane terreno y me encuentre gritando, puteando, mirándola enojada. Cuando el maternaje empiece a pesar, voy a necesitar refrescar en el cuerpo esta emoción que ahora me brota de la garganta, este amor que me sale por los poros.

martes, 21 de enero de 2014

¡Primer año!

Pensé que iba a tener mucho que decir cuando cumplieras un año de vida en la tierra, cuando yo cumpliera un año como mamá. Es que las emociones son tantas que me quedo sin palabras... sólo un gran torbellino de ideas, imágenes, recuerdos nítidos y otros borrosos, sensaciones que anidaron en el cuerpo pero que no sé muy bien cómo llamarlas, pensamientos inconexos donde pasado, presente y futuro se unen en una maraña extraña, en la que pienso lo que pasó y lo que podría pasar, y mi cabeza queda hecha un lío bárbaro.
¡Es la maternidad! El lío bárbaro es esto, la vida de madre. Una locura que de a poco invade la mente y el cuerpo, y de pronto, sin saber cómo, se transforma en el motor que me impulsa en el día a día. Porque una madre muy sabia me dijo una vez que sin locura no hay maternidad que aguante.
La cuestión es que cumplís un año. La primera revolución al Sol. Y pasé todo el día recordando cómo fue esa llegada, un año atrás. Tan esperada. Tan larga. El miedo, la compañía, el respeto. La ansiedad, la angustia, el aguante. Las ganas de huir, la necesidad de quedarme, el deseo de que termine. La locura, el dolor, los pequeños descansos tan necesarios. Las interrupciones, las impaciencias, la bronca. Los gritos, el sostén de los cuerpos, el apoyo de las palabras.
Y finalmente, el parto. Tu cabeza coronando. El éxtasis, el dolor, el miedo. El aro de fuego, partirse en dos, morir. No puedo más, no puedo más. Sí, podés, podés, ¡puedo! Y asomaste la cabeza, y te vi. ¡La veo, estás ahí, te veo! Increíble, me reí, solté.
El ruido y el roce de tu cuerpo saliendo de mí, los recuerdo perfectamente. Pero no desde mi cuerpo sino desde afuera. Como si en esos últimos pujos mi conciencia hubiera abandonado el cuerpo para ver todo desde afuera. Y no dejé de pensar. Como me dijo otra madre sabia, una pare como es, y yo soy esto que soy, que a un año de tu nacimiento sigue pensando, rememorando imágenes, recordando sensaciones, imaginando qué hubiera pasado si...
Sigo aprendiendo cada día, me falta mucho todavía para llegar a ser esa mamá que quiero ser. Me falta confiar más y estudiar menos. Despertar el recuerdo celular de miles de años de mujeres que me precedieron. Escuchar mi cuerpo, interpretar los vacíos del estómago, los nudos en la garganta. Conectarme con la bebé-nena que sos, lo que necesitás y lo que me pedís. Reconciliarme con el pasado (el consciente y el que está ahí latente). Llenarme de mucha, mucha, mucha más paciencia para acompañarte en tu crecimiento con todo el amor y el respeto que te merecés como ser humano. Y aprender a disfrutarte a cada rato, siempre, tus sonrisas, tus quejas, los dientes que salen, tus aprendizajes, tus primeras palabras, tus manos acariciándome la cara mientras tomás teta, tus piecitos prénsiles de monita, tu cuerpo dormido cerquita nuestro, el olor de tu pelo. Disfrutarte ahora, no en mi recuerdo, en mis imágenes, sino ahora, en nuestro presente, con los sentidos, llenarme de vos la vista, el tacto, el olfato.
A mí, tu mamá, a papá, y a vos, Catalina Sol, ¡feliz primer año!

viernes, 15 de noviembre de 2013

En las malas mucho más... (¿o mucho menos?)

UUUUUUUUUUUFFFFFFFFFFFF. . . . . . . Así estoy en estos días, la (falta de) salud está complicándonos la existencia...
Empezó la noche del sábado 27 de octubre, casi 28, cuando Catalina, con fiebre alta, tuvo convulsiones, en pleno barrio de Caballito, a punto de parar un taxi para volvernos a casa. De más está decir que el taxi que paramos nos llevó directamente a la guardia del Hospital Durand. Después de que le bajaron la fiebre y una vez que ya Cata nos miraba y había vuelto a "conectar", nos dejaron internadas hasta la tarde del lunes. Y eso gracias a la pediatra de Catalina que estuvo pendiente de nosotras y habló con la jefa de piso de pediatría para que nos dieran el alta después del resultado de la tomografía (que dio bien por suerte).
Dentro de todo caímos en un buen lugar, pero aun así el manoseo fue bastante: le sacaron sangre tres o cuatro veces, como tres análisis de orina con los intentos fallidos previos (no es fácil hacer que una nena de nueve meses haga pis en un tarrito, eh...), vía con suero primero y suelta "por las dudas" después, que hubo que sacar y volver a poner (con otro intento fallido de una de las enfermeras que al parecer no encontraba la vena...) porque se le había salido. También hisopado de fauces: test rápido primero, que dio bien, pero "para descartar es mejor hacerle un cultivo" (digo yo, por qué no pusieron el cultivo directamente, si no tenían planeado darnos el alta???). Y finalmente tomografía computada, con contraste endovenoso.
Tanto cuidar el parto y nacimiento de Catalina, para terminar casi tres días internada, con la cadena de médicas, enfermeras, residentes y practicantes, todos revisando y volviendo a revisar, analizando y volviendo a analizar... Y todos diciéndome "mami"!!! A ninguno le pude decir "mami no, Belén es mi nombre...", la aclaración (obvia) que me sacara del lugar de diminutivo desempoderado y me devolviera a mi lugar de madre consciente y responsable de la vida de su hija.

En fin, luego de tanto, y con todos los resultados negativos, volvimos a casa. Al día siguiente, a ver a la pediatra. Y ahí, en su consultorio, la mira y nos dice: "Esta nena está brotada". Cierto, tiene panza y espalda llena de granitos rojos, muy chiquitos (a mí me costó verlos, el papá pensó que era un sarpullido de tanto roce y toqueteo en el hospital). Catalina tenía la sexta! Esa eruptiva sin nombre, que al parecer cursa con un pico de fiebre muy alta y la erupción que aparece unos días después. Nada que hacer más que acompañar, pero por lo menos supimos el por qué de tanta fiebre el día de la convulsión. Nos volvemos tranquilos a casa!

Peeeero... llega un nuevo fin de semana, y Catu con tos, mocos y un ronquido al respirar como de gatito ronroneando. Médico a domicilio (y nueva consulta con nuestra pediatra): bronquiolitis! La que nos faltaba! Bah, a ella, a su cuerpito chiquito que está combatiendo tanto virus junto!!
A esto se le suma una erupción fuerte en la vulva que no la deja dormir mucho de noche, suponemos que porque le pica... Crema de Bach y a esperar que se pase!

Qué semanita larga esa... necesitamos de mucha paciencia para acompañar a Catalina con su malestar, su picazón y su agitamiento (que por suerte duró poco, dos intentos de nebulización con salbutamol, más por nuestra tranquilidad que por el bienestar suyo, porque la bronquiolitis se iba a curar igual).
Y de hecho nos faltó mucha paciencia...

Y encima, como si todo esto fuera poco, hace unos días se brotó otra vez, más fuerte que la erupción de la sexta... Tanto virus junto! Las defensas se le fueron al tacho después de la internación, y se ve que todavía  su cuerpo no pudo reorganizarse...

En fin, todo esto para decir que nuestra tarea como padres acompañantes nos dejó agotados... Nos resultó muy difícil bancarnos la demanda constante de Catu, que las primeras dos semanas después de la vuelta del hospital no soportaba que la sentáramos en el piso ni medio segundo; todo el tiempo quería upa, y nos quería a los dos: a la mañana me extrañaba a mí, a la tarde extrañaba al padre, y eso se traducía en quejas y llantos...

Cómo costó renovar la energía!! A mí me ayudó la huerta que empezó a crecer con la vuelta de la primavera, el calorcito que me levantó el humor, y poner mucha música, y bailar y cantar con Cata! Y con el cambio de aires, ella también volvió al ritmo de la casa, a jugar en el piso con sus juguetes, a dormir sus siestas sola...

Qué lindo vientito fresco que entra por la ventana... Entrá, entrá, viento, limpiá el aire de la casa, renovanos la energía, entrá, llevate el cansancio, el agotamiento, la falta de paciencia, y dejanos todos los rincones renovados con el aire nuevo de la primavera. Uuuuuuufffffffffffff!!!!!

Listo.

martes, 17 de septiembre de 2013

Docencia...

Hoy es mi primer día festejando la docencia como profesora de literatura. Hago un breve recuento hacia atrás, a los primeros días frente al curso, y me doy cuenta de que aprendí bastante en este tiempo tan corto: a interpretar las caras de mis alumnos, a manejar los tiempos del aula, a quedarme con lo bueno de cada clase, a entender que tengo frente a mí a cincuenta adolescentes que están sentados ahí sin saber muy bien para qué (y la mayor parte de ellos sabiendo muy bien que no quieren estar ahí sentados). Y aprendí a disfrutar, de todo y a pesar de mucho.

Un poco como me pasó con la maternidad.

También en mi rol de mamá aprendí mucho en estos casi ocho meses: aprendí a interpretar los llantos y quejidos, sonidos y gestos, a aprovechar las siestas de Cata para hacer mis propias siestas, a divertirme con las cosas que la divierten a ella, a jugar en el piso, a hacer upa, a dar la teta, a cantarle canciones para dormirla cuando el sueño se niega a venir, a hacer lo que siento, a probar cuando no sé qué hacer, a equivocarme y desandar lo hecho, a volver a probar, a sincerarme conmigo y con ella cuando la paciencia se me acaba... A disfrutar, de todo y a pesar de mucho.

Cierro con este poema de la Madre Teresa de Calcuta que una profe del colegio nos dedicó a todas sus colegas, pero que yo lo sentí más allá de la tarea docente. Sentí que reverberaba más adentro, más en el fondo, más en la sombra. Sentí que latía en mi útero generador de vida. Sentí que le daba palabras a esa angustia rara que desde hace unos días me revolotea la garganta con cada nuevo logro de Catalina que le abre el mundo delante de sus ojos. Porque cada nueva experiencia, cada nuevo día, es una muestra más de que no somos una. Y esa libertad que quiero regalarle, esa autonomía que quiero que disfrute (y que veo que disfruta), esa libertad va más allá de su motricidad.
Es la libertad de decidir por sí misma sobre su cuerpo y sobre su vida. Aun cuando esas decisiones no sean las que yo hubiera tomado en su lugar.

Enseñarás a volar...pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar...pero no soñarán tus sueños.

Enseñarás a vivir...pero no vivirán tu vida.

Enseñarás a cantar...pero no cantarán tu canción.

Enseñarás a pensar...pero no pensarán como tú.

Pero sabrás que cada vez que ellos vuelen, sueñen, vivan, canten y piensen, estará en ellos la semilla del camino enseñado y aprendido.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Crisis profesional

Nunca me gustó trabajar. Odio levantarme temprano, y más para hacer algo que me aburre.
Por eso pensé que cuando empezara a dar clases, a "trabajar de lo mío", ese malestar del domingo por la noche se iba a acabar, me iba a levantar con ganas, iba a disfrutar el trabajo.
No pasó. Todavía no me pasa. No tengo ganas. Me embola preparar las clases para un grupo de adolescentes que "saben" de antemano que se van a aburrir, que me dicen sin tapujos que odian leer.
Creo que lo que más me pesa es sentir que pierdo el tiempo cuando podría estar en casa con mi gorda.
¿Cuánto tiempo va a durar esto? ¿Es el puerperio y mi sincronización con la supuesta "angustia del octavo mes" de Catalina? ¿Es la educación normal, que me parece cada vez más retrógrada?
Estoy estancada, aburrida, triste, desorientada. Me conecté con mi ser madre y me desconecté del mundo laboral, y ahora no puedo volver a armar la conexión.
Creo que hay una partecita de mí que quiere sentirse "realizada en el aspecto profesional". Pero la otra parte, la hembra mamífera, maternante y lactadora, por ahora está ganando la pulseada.

sábado, 20 de julio de 2013

Media revolución al sol...



Hace seis meses, después de muchas horas de dolor, entre gritos y gemidos que cortaban el silencio, con mucho miedo y muchas ganas, sintiendo cosas que no había sentido nunca, sintiéndome chiquita pero fuerte, me partí, solté y naciste vos, mi Catalina Sol, de color violeta de recién nacida, envuelta mucho en tu cordón que todavía nos unía, con ojitos chiquitos que nos miraban...




Mi Catalina con sol en Acuario, Catuchi pestañas largas y ojos verdes que te convertiste en deambuladora antes de llegar a los seis meses, Catalina luna, Catu sonrisa grande de viejita sin dientes, Catalinda “me pongo sola el chupete”, CataLuna, maestra de vida, enseñándome a desandar todos los caminos, Catuni cachetes, Catalina Sol…

Hace seis meses mis planetas se alinearon en tu eje. ¡Te amo mucho, chiquitina!

miércoles, 19 de junio de 2013

La primera caída

Siempre hay una primera vez para todo, y esta vez tocó una no tan linda: Cata se cayó de la cama. Un segundo que giré para agarrar una galletita de la mesa de luz, y cuando volví a girar llegué a ver la colita de Cata que desparecía en el vacío. Un instante más tarde, el llanto. ¡Chiquita! Corrí a alzarla, le hice mimos, le expliqué que se había caído y se había golpeado. Cuando se calmó un poco, también le di teta hasta que se quedó dormida.
Y ahí me vino el conocimiento-chatarra que alguna vez leí o escuché: “¡si se golpeó la cabeza no tengo que dejarla dormir!” No sé si será verdad o no, pero yo la desperté igual. Lo cual fue peor, porque empezó a llorar otra vez. Mientras la calmaba, aproveché para sacarle la ropa y mirar si se había golpeado, porque en la cabeza no tenía nada; y le encontré un moretón en la rodilla, con lo cual me alivié un poco porque al menos ahora sabía con qué había aterrizado.
El golpe, el susto, el dolor, el llanto, todo eso junto al parecer la había agotado, porque una vez que la vestí se durmió enseguida.
Y en cuanto se durmió, apareció mi vieja amiga: ¡la culpa! Que por qué dejé de mirarla, que cómo me voy a dar vuelta por una galletita, que cómo pude dejar que se me cayera!
El papá de Cata, con su habitual tranquilidad, me sacó de tanto dramatismo: “¡estas cosas pasan, no es tu culpa!” (Qué cosa la culpa, ¿no?)
Me tranquilizó darme cuenta de que tuve la calma suficiente para atravesar la situación y poder consolar a mi bebé. Por suerte, no fue un golpe grave, y estoy segura de que las dos aprendimos de la experiencia.

(Nota para la próxima: ¡a jugar lejos de los bordes!)

Otros fragmentos que me rondaron