viernes, 23 de octubre de 2015

Hacia el horizonte

Caballos salvajes atraviesan el desierto. Nubes de polvo se levantan a su paso. El suelo tiembla, y la tierra choca contra el río que estalla bajo el galope desbocado. Aire, agua y barro; piedras revueltas; libertad.
En medio de la noche, el esclavo se oculta al costado del muro. Sabe que su oportunidad es esta y no volverá a darse. Una nube tapa la luz de la luna; la oscuridad lo envuelve todo. Con el frío del desierto en sus plantas, el momento es ahora. Corre. Corre. No se detiene. Allá van los caballos, están ahí, ya llega. Resbala, cae, se levanta y corre más que antes, no se detiene siquiera a limpiar las gotas de sangre que resbalan por su mejilla. Extiende sus dedos y ya puede tocar las crines. Se aferra a ellas, trepa como puede, se abraza, se pega a ese cuerpo robusto que cabalga para internarse en el horizonte. Lejos quedó la ciudad, lejos la esclavitud. El hombre vuelve a ser un hombre.
Con lágrimas en los ojos, mira por última vez los muros silenciosos, y se inclina sobre el lomo. El caballo sigue en su carrera desbocada, sin saber que cruza el desierto llevando un cuerpo inerte que yace con la última sonrisa en los labios, camino a una libertad que no podrá disfrutar.

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