lunes, 26 de febrero de 2018

Ave de fuego

Sonó el despertador, ya lo sé. En mis sueños se mete como chillido de mandrágora. Voy a morir. Pero no muero: me despierto y lo apago. Así de sencilla esta operación, en mi cabeza duró horas. Es el poder del inconsciente, dirás vos; es mi imaginación prodigiosa, afirmo yo. No, no es el amor, ese concepto trillado me cansó ya. Llamémosle deseo, digamos que queremos estar juntos y listo.
Mientras me pongo el mameluco gris me pregunto cómo llegaron a este punto mis pensamientos. Me engaño al creer que no tienen relación: sos vos la mandrágora, son tus miradas los gritos que me duelen. Porque sé que ya sabés todo.
Me siento a la mesa del desayuno, algo más proteica esta vez: café con leche y huevos revueltos. La recorrida  por el bosque dio sus frutos. Veo el revuelto y no puedo evitar pensar en vos, en tu marcha silenciosa a mi lado, en tus ojos. Otra vez tus ojos. "Sé lo que sentís", me dicen tus ojos. "Sé que lo deseás, aunque no lo reconozcas".
No, no puedo reconocerlo frente a vos, no puedo aceptar que nuestra historia no vaya a ser como la planeamos.
Y ahí estás, entrando en el comedor comunitario. Una nube gris que opaca la luz de la resistencia.
Me voy. No puedo enfrentarme a vos. Esto no es más que un montón de mierda, que nos va a ahogar, incluso más cuando ya no respiremos el aire viciado del Distrito 13.

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