viernes, 23 de octubre de 2015

Hacia el horizonte

Caballos salvajes atraviesan el desierto. Nubes de polvo se levantan a su paso. El suelo tiembla, y la tierra choca contra el río que estalla bajo el galope desbocado. Aire, agua y barro; piedras revueltas; libertad.
En medio de la noche, el esclavo se oculta al costado del muro. Sabe que su oportunidad es esta y no volverá a darse. Una nube tapa la luz de la luna; la oscuridad lo envuelve todo. Con el frío del desierto en sus plantas, el momento es ahora. Corre. Corre. No se detiene. Allá van los caballos, están ahí, ya llega. Resbala, cae, se levanta y corre más que antes, no se detiene siquiera a limpiar las gotas de sangre que resbalan por su mejilla. Extiende sus dedos y ya puede tocar las crines. Se aferra a ellas, trepa como puede, se abraza, se pega a ese cuerpo robusto que cabalga para internarse en el horizonte. Lejos quedó la ciudad, lejos la esclavitud. El hombre vuelve a ser un hombre.
Con lágrimas en los ojos, mira por última vez los muros silenciosos, y se inclina sobre el lomo. El caballo sigue en su carrera desbocada, sin saber que cruza el desierto llevando un cuerpo inerte que yace con la última sonrisa en los labios, camino a una libertad que no podrá disfrutar.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Hombre águila

Llegará el día en que un águila descenderá de los cielos en el transcurso de una tormenta. Allí, en medio del desierto, una figura solitaria se erguirá, alzará sus ojos y el águila vendrá a posarse en su hombro. Cacique de una tribu masacrada, el hombre estará esperando esa señal de los cielos. Y la recibirá. Y se unirá a ella. Y esa unión lo transformará: el águila le clavará el pico en su pecho, y de pronto serán uno solo.
El hombre águila remontará vuelo. Atravesará el desierto y llegará al océano. Volará en cículos, se acercará a la orilla, volverá a elevarse.
Y al fin, de entre las olas surgirá una mano. Dedos finos, piel oscura. Hacia allí volará el hombre águila y la tomará con todas sus fuerzas. Pero sus brazos ya no serán brazos sino alas, y sus pies serán garras, y esa mano se escurrirá en un inútil intento de ser salvada. Y el hombre águila, desesperado, verá esa mano amada hundirse, dejando tras de sí un efímero rastro de espuma.

viernes, 7 de agosto de 2015

Nuestro destete

Se celebra en todo el mundo la Semana de la Lactancia Materna.
Y justamente en esta semana, nosotras nos estamos despidiendo de la lactancia.
Fue una conexión hermosa, que nos unió durante poco más de dos años y medio de manera hermosa, especial, placentera, mágica a veces. La teta calmó angustias, aflojó ansiedades, liberó tensiones, lavó dolores, durmió cansancios...
Pero pasado el año y medio, mi cuerpo se empezó a cansar. El disfrute fue dando paso al desgano, al fastidio. Y necesité decir basta.
¡Ah! Pero ella no quería, no quería soltar. Fue un año entero de ir despegando de a poquito... espaciando tomas, estableciendo lugares, fijando momentos.
Costó, y mucho. Requirió de mucha paciencia y más amor.
El final fue lo más difícil. ¿Cuándo decir basta? ¿Cómo hacérselo entender sin que signifique una angustia que no podamos manejar? ¿Cómo hacer para que deje a su amada teta? Fue una semana complicada, de mucho llanto y mucho cuerpo, dormir a upa, con música, cantando, y abrazar, sostener y acunar ese llanto de separación.
Costó, y mucho. Requirió de mucha, muchísima paciencia, y más, mucho más amor.
Pero llegó la noche en que se durmió enseguida. Y la madrugada en que se volvió a dormir sólo abrazada a "su" teta. Y así, al fin, destetamos.
Hoy le agradezco a la teta por todo lo que nos dio, y recibo feliz y confiada esta nueva etapa, que nos encontrará de otra manera, redescubriendo el lazo que nos une.

viernes, 3 de julio de 2015

Aprendizaje

Qué difíciles son estos días madre. El cansancio se acumula y me tapa, me nubla los ojos un llanto opacidad que no me deja ver con claridad. Y me encuentro ante un lago infinitud, y allá en la otra orilla distancia está la respuesta; pero ¡ay! qué lejos está esa orilla.
La tormenta perfección se arremolina sobre mi cabeza y me impone una meta a la que sé que no puedo llegar. Pero mi mente audacia me juega malas pasadas... Y ahí sigo yo, habitando este país pequeñez que se llama maternidad, aferrada a mi miedo verdad que será el motor de mi avance.
Acá, a mi lado, ella: mi sol brillo, mi guía luz, Catalina Sol, que no es mía sino del mundo.


La escritura es mucho más que sólo desahogo. Pero en algunos momentos, poner en palabras el nudo de remolinos que pugnan por reinar en mi torrente sanguíneo me da cierta sensación de libertad, acaso falsa, acaso ilusoria. Tan falsa y tan ilusoria como los mundos de ficción. La literatura es mucho más que sólo esto. Pero esto es también un camino que nos lleva. A algún lado, no sé a dónde, pero ya eso es un avanzar, y ponerse en movimiento activa el flujo de energías que nos hace ser.
Este texto surgió hace unas semanas en el Taller Literario que coordino en la escuela secundaria en la que trabajo. Un grupo hermoso de chicxs con quienes redescubro jueves a jueves el amor que siento por la literatura, por la escritura, por la enseñanza. A ellxs va dedicado este post.

sábado, 27 de junio de 2015

Desbordada y loca

Escribí hace cosa de un mes y medio, en una de esas noches desesperantes, lo que sigue:

"Escribo esto en mi cama mientras en el living Cata llora desesperada y el padre la acuna intentando que se duerma. Llevamos media hora de intento de dormirla sin la teta. Siento angustia, desesperación, cansancio, bronca, ganas de llorar y de gritar. A través de la puerta cerrada llegan los gritos desgarradores de una hija que se niega a que le impongan horarios para la teta. Y ni hablemos del destete.
Me pregunto qué hicimos mal... Por qué este proceso está siendo tan desgastante y difícil para todos."

He de decir que en este tiempo logramos algo: llegamos a un acuerdo y la lactancia ya es sólo durante la noche. Y digo "llegamos a un acuerdo" y ya me dan ganas de reirme de mí y de mi inocencia. No fue tanto un acuerdo, fue más una imposición. Pero fue menos dolorosa de lo que me imaginaba, y Cata se lo tomó mejor de lo que esperaba. Sí, fue un fin de semana difícil, casi imposible. Pero ocurrió, ya no sé muy bien cómo. La cosa es que ahora sólo toma teta de noche, y las dos felices (yo mucho más, lo reconozco).
Pero esa descarga de hace cosa de un mes y medio sigue resonando en mí casi todos los días... "Siento angustia, desesperación, cansancio, bronca, ganas de llorar y de gritar"... Eso no se fue, está ahí. Ayer era la teta, hoy es su imposibilidad de manejar el enojo y la frustración. Gritos, golpes, juguetes revoleados, objetos que golpean paredes y mesas y estufas y lo que se les cruce a su paso.
No somos padres golpeadores. Jamás le pegamos en su corta vida.
Pero hay una violencia silenciosa, casi invisible, que se escurre en esos momentos en los que perdemos la paciencia. Mamá grita. Papá amenaza con encerrarla en la pieza.
Y ahí chau a la crianza respetuosa.
Somos concientes de eso. Por eso no uso eufemismos, digo las cosas como son: somos violentos. Y en la crianza no hay violencia que valga, no hay "es preferible gritar que pegar". Nada de eso es preferible. Lo único válido es tratar con amor, ponerse en el lugar de esa niña que no encuentra la manera de dar cauce a su enojo sin que eso signifique desbordarse y violentarse con el entorno. Porque si ni su madre ni su padre, ambos adultxs, pueden hacerlo, ¿cómo va a poder ella, con sus dos años y medio?
Es un largo camino el de la mater/paternidad. Difícil como pocos. Necesitamos de una red que nos contenga en los momentos de desborde y nos ilumine para encontrar el mejor modo de relacionarnos. Necesitamos mirar para adentro, reconocernos en esos monstruos en los que nos convertimos, hallar la herida y sanarla, para poder salir de ese lugar, con la fuerza y el amor necesarios para acompañar a nuestrxs hijxs con todo el respeto que se merecen.

sábado, 29 de marzo de 2014

Inspiración

Hacía mucho que no me pasaba: tengo la necesidad de escribir.
Son las tres menos cuarto de la mañana, mi hija duerme en nuestra cama y nosotros estamos a punto de acostarnos después de una peli. Estoy entrando a la habitación y ya la escucho despertarse: se despereza, gira, lloriquea, se sienta, desorientada. Me acerco a ella y la abrazo, la recuesto, y cuando estoy preparándome para darle teta y dormirla otra vez, me sorprende: me abraza el cuello con su bracito. No le hizo falta la teta; el abrazo y unas palmaditas en la cola bastan, y su respiración es señal de que se durmió otra vez. Cuando cae el brazo y puedo despegarme un poco, la miro: la cara relajada, los labios entreabiertos; le beso los cachetes, le acomodo el pelo. Estoy enamorada de mi chiquita.
Mientras todavía tenía su brazo sobre mi cuello, se me llenaba la garganta de una risa muda, hubiera querido reirme de alegría. Ahora que la miro, me doy cuenta de cuánto la amo, y las palabras me llenan la cabeza.
Me llegó la inspiración. Y se llama Catalina.
Sí, puede ser que sea muy cursi todo lo que escribo, pero está saliendo así, sin procesar.
Y necesito escribirlo. Para recordarlo mañana, y pasado mañana, y los días que vengan después... Cuando me gane el cansancio, el malhumor, el fastidio, la falta de paciencia. Cuando la bruja gane terreno y me encuentre gritando, puteando, mirándola enojada. Cuando el maternaje empiece a pesar, voy a necesitar refrescar en el cuerpo esta emoción que ahora me brota de la garganta, este amor que me sale por los poros.

Otros fragmentos que me rondaron