lunes, 18 de septiembre de 2017

Opus sanguinis

Nos amábamos. Hasta que tuvimos una hija.
Y entonces descubrimos que son más nuestras diferencias. Nuestras infancias tan distintas son las lentes con que miramos a nuestrxs hijxs; y la distancia se hace notoria. Son irreconciliables porque no dejamos que haya conciliación. Todo es conflicto.
El beso que me diste antes de acostarte se me quedó anudado en la garganta.
Y a esto que nos mantiene unidos no sé qué nombre ponerle. ¿Costumbre? ¿Miedo a estar sola? ¿Necesidad de armar familia? ¿Amor?
Tampoco sé si esto que escribo es un deseo real o es la fatalidad de una escritora que espera agazapada a que se acerque una oportunidad para saltarle encima, clavarle el colmillo en la yugular y dejarla morir lentamente mientras va escribiendo con su sangre el inicio de la nueva obra. Opus sanguinis.
Nada parece tener que ver con nada, pero todo tiene que ver con todo.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Desear o no desear

Los pensamientos circulares y la angustia que me sobrevolaban la cabeza antes y durante buena parte de mi segundo embarazo siguen ahí. Ensombrecen la felicidad de ser madre por segunda vez, algo que estaba queriendo desde hace un par de años. Darle a mi hija una hermana o hermano y la posibilidad de construir con ella o él un vínculo de amor y complicidad tan copado como el que tengo yo con las mías.
Pero el ying y el yang conviven en cada situación de la vida. Y ahí está la sombra que opaca esta alegría.
Días como hoy hubo muchos antes de que el nuevo integrante llegara a la familia, y los seguirá habiendo, eso ya lo sé. A veces salgo mejor parada de las peleas. Otras, como hoy, me desbordo y digo cosas feas... Suerte que pido perdón rápido.
Pero este temita me está ganando un fastidio. Y lo peor fue haber descubierto hoy que tal vez mi deseo de tener una tercera hija o hijo venga solo de la necesidad de darle sí o sí una ahijada a mi hermana menor. Y en días como hoy, de desborde, de llanto, me pregunto: ¿para esto quiero traer otra hija al mundo? ¿Para que sean tres, y no dos, las hijas que no supe acompañar en las etapas difíciles de su crecimiento? ¿Es mío el deseo, o de la culpa? ¿O del deber ser? ¿O estoy repitiendo historias familiares? (Ya te leeré, Violeta, tengo esa cuenta pendiente todavía).
No puedo disfrutar a pleno de Milo Karim (bienvenido, Milo... ni un posteo te dediqué todavía...) con este temita inconcluso que presiento que se resolverá en mi contra.
A menos que recurramos a la sabiduría musical y lo echemos a suertes...

jueves, 2 de junio de 2016

Belén, conociendo a la hidra.

Me descubro poseedora de obsesiones tontas, pequeñas nimiedades que organizan mi entorno y generan trastornos ínfimos pero consistentes cuando no se cumplen como deberían.
Los libros tienen un orden en sus estantes. Por nacionalidad, luego por autor, luego por interés personal. Y ese libro que ya no entra en el estante en que debería se vuelve molesto y problemático. Hay sagas, continuaciones, y ¡ay de aquellas conseguidas en distinta edición! Me duele a los ojos el segundo tomo de El Señor de los Anillos, editado luego de la película, con la tapa reproduciendo el fotograma, maldita Minotauro que tuviste que buscar lectores nuevos a partir de los cinéfilos, maldita yo que no aguanté conseguir la edición vieja por el deseo apresurado de leer. Bellísima edición de tapa dura de En el otro viento, quinto tomo de las Historias de Terramar, cuyo lomo sobresale entre los demás, como una luz de neón que titila molesta indicando que los otros cuatro tomos son chiquitos y viejos, chiquitos y viejos, chiquitos y viejos...
Películas ordenadas por gusto más que por género, en grupitos separados para que se note que no pertenecen a lo mismo (¿qué es lo mismo?).
Soy Lucas. Pero no lucho todavía con mis hidras. No intento cercenar de limpio tajo la cabeza que separa metódicamente las mías, las tuyas y las nuestras. Recién estoy conociendo mis cabezas, ya vendrá el momento de volverme obsesiva en el control de mis obsesiones.

¡Qué haría sin vos, Julio! ¡Qué sería de las palabras en mi cabeza!

sábado, 14 de mayo de 2016

K.O.

Llorar es purgar la pena,
deshidratar todo el miedo que hay en ti,
es sudar la angustia que te llena,
es llover tristeza para poder ser feliz.
Mägo de Oz
Estoy haciendo todo mal. No soporto más este lugar en el que me puse. Tengo un agotamiento que no tuve nunca. Con una culpa terrible, me reconozco arrepentida de mi decisión. La felicidad dura una hora diaria en total. El resto es mierda.
Me cansé de llorar, todos los días, muchas veces.
Estoy haciendo todo mal, lo confirmo cuando la escucho repetir algunas frases que decimos y que están arruinando todo lo que alguna vez quise construir. Tanto leer, tanto decir "yo jamás voy a hacer esto", para terminar repitiendo toda la mierda que jamás pensé repetir.
Le digo histérica, hinchapelotas, y la ubico en ese lugar que ya tomó como propio y recrea dos, cinco, diez veces por día. Sí, obvio que la amo. Pero a veces me olvido. Y encima en breve van a ser dos, gracias a que me ganó otra vez el deseo ajeno, implantado subrepticiamente en mi mente de mujer sometida al sistema heteronormativo. Y ahora hacete cargo, nena, hacete cargo de ese deseo que nunca fue tuyo pero que te sometió igualmente.
* * *
Cuando pasa el terremoto, hay que dejar el refugio para sopesar los destrozos. La madre que tengo dentro, ese pedazo de mí que sí es feliz con la decisión, se asoma a ver qué quedó en pie. Bien, veamos... dos ojos rojos de llanto y algo de angustia aferrada a la garganta. El corazón es el que está peor (¿o son las vísceras? ¿cuál es el verdadero centro de las pasiones?), arrugado, como marchito, se achicó un poquito después de cargar tanta tristeza. Y ahora hay que barrer los escombros y reconstruir como se pueda.
Música de fondo pero silencio entre nosotros dos, que quedamos algo más lejos después del desastre. Nos dijimos cosas feas (más feas fueron las que me dije yo misma, pero eso no es excusa).
A remarla, dicen.
Volvamos al terremoto. Desencadenantes: los objetivos fallados de la labor materna. Reconocimiento de los límites: no logrado. Cena feliz en familia: no logrado. Niña durmiendo temprano: no logrado (mejor olvidemos el cuento antes de dormir para no sumar un desaprobado más). Que se abrigue (hace frío, che): no logrado. Sostener con amor el capricho interminable: (de más está decir:) no logrado.
Uff, a marzo directo (me quedé en el tiempo, eso ya no existe).
No hay cuentos de hadas. No hay finales felices. No brave new world.
Pero si hiciera estos mismos descargos después de esos momentos de alegría (que sí los hay, eh, pero estos pesan más...), si los hiciera, la balanza estaría más pareja.

lunes, 26 de octubre de 2015

Desempolvando palabras III: Desgarrados, de 2009

Mientras la sangre fluye espesa desde su cuello, la niebla cubre lentamente sus ojos. Las imágenes se hacen cada vez más borrosas porque las lágrimas las empañan.
La luna había querido advertirle, brillante como estaba en lo alto del cielo estrellado, pero la moira tenía otros planes.
Su pelo se rendía ante el viento que anunciaba la incipiente tormenta, al tiempo que ella cruzaba la verja del jardín delantero. Al principio pensó que la casa estaba vacía: las ventanas habían sido tapiadas y ninguna luz asomaba por entre las maderas.
Sin embargo, en el pueblo se estaba corriendo el rumor. Él había regresado después de tanto tiempo.
¿Por qué el silencio entonces? ¿Cuál era la razón para no buscarla a ella que tanto lo había esperado? ¿Dónde estaba el misterio?
La puerta principal estaba abierta. La cerró al entrar; y allí, las cortinas rasgadas y los sillones destruidos le gritaron la segunda advertencia. Que por supuesto su mente no quiso escuchar.
El silencio era desgarrador, desolador, desesperante, y fue entonces que reparó en aquel montón de harapos al que un tenue rayo de luz de luna iluminaba, filtrándose entre las maderas que tapiaban el ventanal. En ese momento el tiempo se detuvo. Porque desde aquellos harapos dos ojos la miraban, inyectados en sangre.
Esos mismos ojos que tantas veces habían brillado con pasión, que habían llorado la tarde del adiós, con los que había soñado incesantemente noche tras noche. Ahora parecían consumidos por la furia y la tortura. Eran los ojos de un predador en agonía.
Y aun mientras lo veía acercarse voraz, la angustia de morir no era más fuerte que el deseo del último abrazo. Las garras clavándose en sus brazos, los dientes hundiéndose en su cuello, no llegaban a doler tanto como las lágrimas desesperadas, tortuosas, que veía caer de sus ojos feroces.
Desplomada en el suelo, mientras la sangre la abandona junto con la vida, los aullidos desgarradores de aquel que no pudo ganarle a la leyenda siguen siendo la más dolorosa de las heridas.


     La belleza del metal sinfónico finlandés.

     Me eriza la piel.

     Imperdible: Full Moon, de Sonata Arctica


domingo, 25 de octubre de 2015

Desempolvando palabras II: Conjuración, de 2009

Enamorarse de prohibidos es tan fácil, tan predecible. Muy novelesco. El Renacimiento estaría orgulloso de mí. El mundo gótico se reescribiría bajo mis pies. Cada paso en falso es esperable, esperado. Imposible, atrapante. Reiterativo. No hay nada nuevo para contar, porque hasta lo inexistente se ha narrado incontablemente. Oxímoron: se ha narrado lo inenarrable. Nos hemos enamorado de la imposibilidad del amor.
La mirada secreta sorprende a mi desprevenida Julieta que ya encontró a su Romeo. Extraño lo que tengo prohibido extrañar, porque nunca lo tuve, porque tengo prohibido tenerlo.
Prohibido. Todo es nuevo, de un modo tan patéticamente predecible.
Tus ojos rojos encendieron la conexión. Punto de no retorno. Hay veneno en tu boca, que no dudaría en morder y matarme y morir y morderme.
Vos sin culpa, yo condenada. Predecible y patético.
Congelarme como el mármol. O deshacerme en palabras, que ya fueron escritas, que ya nadie va a leer.
Esa es mi forma de conjurar tu hechizo.

sábado, 24 de octubre de 2015

Desempolvando palabras I: Pluma ardiente, de 2006

Llueve fuego desde lo alto. Las fauces se abren en un grito encendido. El bosque humea como en un espejismo. Desesperan los pájaros en el cielo rojo. Batir de alas, plumas que chocan.
El dragón ataca, dispara aguerrido su volcán de lava destructora. Gemidos lúgubres congelan el aire mientras el fuego lame arbustos y robles.
De lo alto de la torre se libera una bandada de flechas que vuela buscando el frío escudo de escamas. Todo es en vano: parecen de cristal al quebrarse en mil pedazos.
Nada lo detiene. Su furia se dispara en llamas incandescentes que arrasan con todo a su paso.
La muerte acecha. Los árboles gritan, gimen de dolor. El cielo resplandece.
El escritor ha vuelto a tomar la pluma.

Otros fragmentos que me rondaron