Llegó el
día tan esperado (y temido): ayer por primera vez dejamos a Catalina al cuidado
de su abuela, y Adrián y yo nos fuimos al recital de Rata Blanca. Estaba todo
planeado hasta el detalle. Llevaba sacándome leche desde hacía tres semanas y
juntándola en bolsitas en el freezer. Había comprado una mamadera de esas
modernas cuya tetina “imita la textura del pezón” (yo digo, ¿tienen a alguien
chupando y comparando texturas? mmm… igual caí en la trampa del mercado y la
compré). A Cata le decía todos los días: “acordate que el sábado mamá y papá
van a salir y te van a dejar unas horitas con la abuela…”. Hasta le había
avisado a mi mamá que la llamaría en cuanto saliéramos del recital para que
aguantaran a Catu ese ratito sin darle de comer así me esperaba a mí y tomaba
la teta. En fin, habíamos pensado en todo.
Lo que no
habíamos previsto era que ese día la gordita iba a amanecer súper resfriada,
llena de mocos. Lo que empezó siendo una molestia al tomar teta (no podía
respirar bien por la nariz) terminó en un llanto interminable durante casi toda
la tarde.
Voy a
obviar los detalles “médicos”; la cuestión es que, cuando llegó el momento de
irnos, Cata estaba un poco más tranquila y pudimos dejarla sin tanta angustia.
Igualmente, Rata tocó durante tres horas, y a mí los últimos temas se me
hicieron eternos. Lo que nunca…
Cuando
salimos, llamé a mi mamá como habíamos quedado. Resultó que Catalina había
dormido ¡tres horas seguidas! a upa de su abuela, casi ni había llorado, y
recién ahora estaba empezando a querer comer, así que la tía la había agarrado
a upita con el chupete puesto y se habían quedado dormidas las dos. “Vení
tranquila, te está esperando”, me dijo.
Faaa…qué
clara la tiene esta nena. Se bancó su primer inicio de gripe (o resfrío, o lo
que sea que esté teniendo) y su primera “noche” sin papá y mamá, todo junto en
un mismo día! Cuando llegué nos reencontramos, con una teteada larga llena de
amor y de teextraño.
Hoy el
resfrío empeoró; la gordita está pasando el día en una mezcla de quejido y
llanto, que la deja agotada, se duerme un rato largo, y cuando se despierta,
vuelta a llorar y quejarse como pidiendo curarse rápido porque ya no quiere
seguir así enferma.
Y a mí se
me parte el alma de verla, con sus ojitos rojos y llenos de lágrimas, y no
poder hacer nada, más que hacerle upita sin parar, acunarla, mimarla y darle
besitos y amor. Y decirle (y decirme) “ya va a pasar, gordita, ya va a pasar”.