domingo, 19 de mayo de 2013

Cuando no podemos hacer nada más que acompañar...

Llegó el día tan esperado (y temido): ayer por primera vez dejamos a Catalina al cuidado de su abuela, y Adrián y yo nos fuimos al recital de Rata Blanca. Estaba todo planeado hasta el detalle. Llevaba sacándome leche desde hacía tres semanas y juntándola en bolsitas en el freezer. Había comprado una mamadera de esas modernas cuya tetina “imita la textura del pezón” (yo digo, ¿tienen a alguien chupando y comparando texturas? mmm… igual caí en la trampa del mercado y la compré). A Cata le decía todos los días: “acordate que el sábado mamá y papá van a salir y te van a dejar unas horitas con la abuela…”. Hasta le había avisado a mi mamá que la llamaría en cuanto saliéramos del recital para que aguantaran a Catu ese ratito sin darle de comer así me esperaba a mí y tomaba la teta. En fin, habíamos pensado en todo.
Lo que no habíamos previsto era que ese día la gordita iba a amanecer súper resfriada, llena de mocos. Lo que empezó siendo una molestia al tomar teta (no podía respirar bien por la nariz) terminó en un llanto interminable durante casi toda la tarde.
Voy a obviar los detalles “médicos”; la cuestión es que, cuando llegó el momento de irnos, Cata estaba un poco más tranquila y pudimos dejarla sin tanta angustia. Igualmente, Rata tocó durante tres horas, y a mí los últimos temas se me hicieron eternos. Lo que nunca…
Cuando salimos, llamé a mi mamá como habíamos quedado. Resultó que Catalina había dormido ¡tres horas seguidas! a upa de su abuela, casi ni había llorado, y recién ahora estaba empezando a querer comer, así que la tía la había agarrado a upita con el chupete puesto y se habían quedado dormidas las dos. “Vení tranquila, te está esperando”, me dijo.
Faaa…qué clara la tiene esta nena. Se bancó su primer inicio de gripe (o resfrío, o lo que sea que esté teniendo) y su primera “noche” sin papá y mamá, todo junto en un mismo día! Cuando llegué nos reencontramos, con una teteada larga llena de amor y de teextraño.
Hoy el resfrío empeoró; la gordita está pasando el día en una mezcla de quejido y llanto, que la deja agotada, se duerme un rato largo, y cuando se despierta, vuelta a llorar y quejarse como pidiendo curarse rápido porque ya no quiere seguir así enferma.
Y a mí se me parte el alma de verla, con sus ojitos rojos y llenos de lágrimas, y no poder hacer nada, más que hacerle upita sin parar, acunarla, mimarla y darle besitos y amor. Y decirle (y decirme) “ya va a pasar, gordita, ya va a pasar”.

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