Desde que el test de embarazo dio positivo, empecé a leer todo lo que caía en mis manos sobre parto respetado y crianza natural. Las teorías eran hermosas, cerraban como paquetitos japoneses. Sigue estos pasos y tendrás un hijo feliz y tú serás también una madre feliz. Bueno, hoy, a días de que se cumpla un año de las esperadas dos rayitas, puedo decir que el parto y el primer mes de maternidad me cayeron encima como un baldazo de rolitos. No, la dilatación en casa, con las luces bajas, respetando mis deseos de hacer contracciones aquí o allá, no fue un coser y cantar. Duró 36 horas, y me pareció eterna. Y la crianza, con teta a demanda y colecho incluidos, no me ahorró horas de llanto inconsolable (de mi bebé y mío). Ninguna teoría sirve a la hora de calmar la angustia de esa cosita chiquitita que tan bien se portaba cuando estaba en la panza. Se suponía que cualquier malestar del bebé desaparecería con el contacto piel a piel con mamá: “todo se calma con la teta”. Tampoco este es nuestro caso. No todo se calma con la teta. No siempre quiere teta. A veces (muchas veces), cuando está cansada, cuando ya tiene los ojitos rojos de sueño, cuando el fastidio le gana a su buen humor, Catalina prefiere su dedo o (lo que es peor para mí, porque lo detesto) el chupete. Como esta tarde, en la que estallé de nervios y le grité a la almohada, para no gritarle a ella, porque aunque me desespera no saber qué hacer para calmarla (o mejor dicho, no poder calmarla como a mí me gustaría, poniéndola a la teta hasta que se duerma feliz), sé que ella no tiene la culpa de mis pérdidas de paciencia.
Y así paso mis días en medio de este remolino de dudas y alegrías y angustias que es el puerperio. Intentando no dejarme llevar por las exigencias que me impongo. Aprendiendo a disfrutar cada cosa nueva de ser mamá, como ahora que mi chiquita me mira sonriente con sus ojos grandes. Mejor me relajo; el viaje recién empieza.