Parir es la experiencia más fabulosa que atravesé en la vida. Fabulosa: no sé por qué elegí esta palabra, si justamente creo que, como experiencia, si no incontable, es al menos difícil de poner en palabras.
Parir. El dolor es desgarrador, parece intolerable. Y cuando creo que ya no soporto más, que me voy a partir en dos (en más de un sentido parir es partirse), el mundo se ensancha y la liberación sale a borbotones de mí. Y la naturaleza es sabia porque el cuerpo se olvida más rápido del dolor que de esa sensación de otro cuerpo saliendo de una. Lo pienso ahora que miro a esta pequeña de cinco meses y días y me viene el recuerdo de cuando la agarré resbalosa, achinada, suave pero pegajosa, de ojos cerrados y sonidos guturales, la nariz aplastada, y la olí y la besé y le dije que era la última, que ya no iba a parir nunca más. Ahora la miro y pienso que ese momento de bebé resbaloso y achinado dura poco, y solo ahora con esta tercera hija puedo decir que lo disfruté casi todo lo que el momento merece (porque no dejo de ser una "máquina hiperpensante", y aun recién parida ya estaba preocupándome por qué vendría después).
Pero a ese momento de bebé resbaloso y achinado le siguen muchos otros, que la triple experiencia me está enseñando a aprovechar.